
Ford T, simple e inmortal. Cuando Henry Ford decidió fabricar el modelo T, tenía muy claro que debería ser muy popular, estar al alcance de cualquier persona que lo necesitara y que se pudiera pagar con un modesto salario. Trabajó arduamente para lograrlo, optimizando el proceso de producción de cada automóvil, que pasó de 12 horas y media para cada unidad a 1 hora y 30 minutos, reduciendo gastos, logrando abaratar su precio final, buscando y logrando vender cada vez más unidades de su célebre creación.
El diseño del modelo fue encomendado por Henry Ford a sus subalternos Joseph Galamb (ingeniero húngaro), a Charles Sorensen, diseñador danés, a Harold Wills y a un hábil mecánico llamado Jimmy Smith quienes lograron plasmar las ideas de Ford.


El motor de cuatro cilindros, con válvulas laterales y culata desmontable, cigüeñal de 3 apoyos y construido enteramente en hierro, tenía varias particularidades, como el carter compartido con la caja de cambios, una potencia de 22 HP/1.600 rpm, alimentado por un carburador horizontal Holley tipo G, al que se le gradúa la mezcla mediante una palanquita ubicada en el tablero de instrumentos.
Su gran fortaleza y duración, le permitieron desenvolverse como un campero, en los duros caminos de la época en que se vendió. Se fabricó en las plantas de Detroit, Dearborn, Filadelfia, Kansas, Buffalo, Long Island y Mineapolis en los Estados Unidos. En Canadá también se produjo, además de Gran Bretaña, Alemania y España.
El éxito del modelo T fue de tal magnitud, que de cada dos vehículos vendidos a lo largo y ancho del planeta, uno de ellos era un Ford T. Fue el primer vehículo masivo de la historia. El saldo final de producción del Ford T; conocido cariñosamente como Tinn Lizzie, fue de 15.007.033 unidades. Por todos estos méritos, y otros más, no es de sorprender que en multitud de encuestas y sondeos fuera elegido el mejor vehículo del siglo XX.